Suspiras, entre mis piernas, rozándome la espalda con tus dedos. Toco tu cuello con mis labios, de forma suave. Me aprietas contra ti, fuerte, mientras te muerdo despacio. Te pruebo.
Pronto, empiezas a gemir, a retorcerte, a arañarme. Me duele, y me gusta. Me gusta esa forma de apretar la boca, de elevar los ojos hacia el techo y de enrollar las piernas a mi alrededor.
De repente, algo sucede. Tiemblas, tus labios forman una O perfecta mientras sale de tu garganta un grito. Sigue me suplicas, una exigencia que cumplo. Un escalofrío recorre tu cuerpo, gritas más fuerte. Tus piernas convulsionan, se retuercen y aprietas las sábanas.
Entonces, llegó el silencio.
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